El sacerdocio es el poder y la autoridad eternos de Dios. Mediante el sacerdocio, Dios creó y gobierna los cielos y la tierra; por medio de ese poder, redime y exalta a Sus hijos, llevando a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Dios da la autoridad del sacerdocio a varones dignos, miembros de la Iglesia, a fin de que actúen en nombre de Él para la salvación de Sus hijos. Los poseedores del sacerdocio pueden ser autorizados para predicar el Evangelio, administrar las ordenanzas de salvación y gobernar el reino de Dios en la tierra.
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Cuórum de los Doce Apóstoles de la Iglesia.
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Russell M. Nelson, presidente de la Iglesia
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Los varones miembros de la Iglesia pueden iniciar su servicio en el sacerdocio cuando alcanzan la edad de doce años. Primero se les otorga el Sacerdocio Aarónico, y más tarde pueden reunir los requisitos para que se les confiera el Sacerdocio de Melquisedec. En distintas etapas de su vida y al prepararse para recibir distintas responsabilidades, poseen diferentes oficios en el sacerdocio, tales como diácono, maestro o presbítero en el Sacerdocio Aarónico y élder o sumo sacerdote en el Sacerdocio de Melquisedec.
Para que un varón miembro de la Iglesia posea el sacerdocio, un poseedor autorizado del sacerdocio debe conferírselo y ordenarlo a un oficio en ese sacerdocio (véase Hebreos 5:4; Doctrina y Convenios 42:11; Artículos de fe 1:5).
Aunque la autoridad del sacerdocio sólo se otorga a los varones dignos que sean miembros de la Iglesia, las bendiciones del sacerdocio se hallan disponibles para todos: hombres, mujeres y niños. Todos nos beneficiamos por la influencia de líderes del sacerdocio rectos, y todos tenemos el privilegio de recibir las ordenanzas salvadoras del sacerdocio.
El ejercicio más importante del sacerdocio se lleva a cabo en la familia. Todo esposo y padre de la Iglesia debe esforzarse por ser digno de poseer el Sacerdocio de Melquisedec. Con su esposa, y como compañeros iguales, él preside con rectitud y amor, y presta servicio como líder espiritual de la familia; además, él dirige la familia en la oración diaria, en el estudio de las Escrituras y en la noche de hogar. Se esfuerza con su esposa para enseñar a los hijos y prepararles para recibir las ordenanzas de salvación (véase Doctrina y Convenios 68:25-28); también da bendiciones del sacerdocio para guiar, sanar y consolar.